Brota el encanto del suelo argentino”, decía Bersuit Vergarabat en sus letras sobre inventos históricos que desparraman ingenio: el dulce de leche, los dibujos animados, las alpargatas o la identificación por huella digital.
La canción fija en la memoria las creaciones más insignes de puertas para adentro y deja claro que en la Argentina, lo que sobra es creatividad.
Las novedades son de todos los colores y texturas.
Desde proyectos tecnológicos hasta diseños industriales, pasando por propuestas científicas o cotidianas.
La actualidad marca tendencia, y aparecen ideas vinculadas a los nuevos valores en alza.
La bambucicleta es un buen ejemplo de ello, porque su estructura de bambú la convierte en un transporte ecológico, de bajo impacto ambiental y alto ahorro energético.
Como su marco es de cañas provenientes de Misiones y –según su creador, Nicolás Masuelli– tienen una resistencia equiparable a la del acero y una flexibilidad natural que amortigua y absorbe las irregularidades del trazado, vuelve el recorrido parejo y confortable.
El ingenio comenzó, en este caso, desde el dolor, porque Masuelli buscaba evitar la incomodidad eterna de las bicicletas convencionales.
Y hoy, siete años después, su invento está industrializado (se las fabrica artesanalmente en Rosario), homologado (están aprobadas por el Instituto Nacional de Tecnología Industrial, INTI) y cuenta con un modelo claro de negocio (se la puede adquirir desde $ 3.000).
Para llevar la iniciativa adelante, Masuelli tuvo que enfrentarse a los obstáculos que atormentan toda mente despierta: la obtención de financiación, la disponibilidad de recursos humanos y la experiencia o conocimiento del mercado.
O eso es, por lo menos, lo que sostiene un estudio realizado por Innovar –el concurso nacional de inventos– sobre cuáles son las principales barreras que un creativo debe superar.
El documento detalla también que Buenos Aires arrasa en número de propuestas (concentra el 65% del total), seguida por la región de Cuyo, y luego Córdoba y Rosario
Del interior del país proviene la dos veces galardonada Raquel Chan (52), investigadora de la Universidad Nacional del Litoral (Santa Fe), distinguida por Innovar por su labor con las semillas: ni más ni menos, consiguió que las de soja, maíz y trigo resistieran los caprichos del clima; para ser específicos, la sequía.
Dos años más tarde, Chan y su equipo recibieron $ 10.000 por parte del certamen, como premio a las plantas transgénicas que generaron, capaces de tolerar, también, ataques de insectos.
La científica santafesina responde bien a uno de los perfiles más comunes del inventor argentino: el del investigador que desarrolla una propuesta derivada de su especialidad; y que suele ser más torpe en entender los intríngulis del mercado y las fórmulas óptimas para comercializar su propuesta.
También es usual que tras el creador contemporáneo se esconda un profesional independiente con formación universitaria, como el diseñador industrial o el ingeniero. En particular, conocen el valor de la formación y se muestran abiertos a participar en iniciativas de apoyo al emprendedor.
Por último, la tercera tipología del innovador de hoy es la del “intuitivo tecnológico”, es decir, aquél que desarma dispositivos y aplica los principios de la técnica a sus propias construcciones (el que transforma la tostadora, el mando a distancia y los parlantes en un robot multitarea).
Quien se sale de los moldes es Sebastián Norniella –por su ocupación y su edad–.
A los dieciséis años, este estudiante tucumano ganó el cuarto premio de Física en la Feria Internacional de Ciencias estadounidense.
Elegida la suya entre más de 1.400 investigaciones de jóvenes de todo el mundo, hizo decantar al jurado con la portentosa conclusión de su trabajo: el hilo de la telaraña tucumana Nephila clavipes es más resistente que el acero.
Pasmoso.
Los resultados le llevaron dos años de observación.
Pero no todo termina ahí: un ecohorno, un generador eólico portable, un vehículo eléctrico individual, microcápsulas que controlan la fertilidad de las vacas, mosquiteros de adhesión magnética, tejidos con repelente de insectos incorporado, yerba mate de descomposición tardía…
La lista de inventos es infinita.
Y la tecnología es el eje sobre el que pivotan muchas de estas nuevas creaciones, en consonancia con la demanda del mercado por productos automatizados.
El ingenio de Ariel di Stefano y Raúl Verano es una buena muestra de la sofisticación de los nuevos dispositivos: la Shopperception vigila el comportamiento de los usuarios en los supermercados a través de sensores de movimiento; como un gran hermano virtual, está atenta a la interacción del cliente con las góndolas para luego dar información sobre cuántos compradores circulan, qué productos tocan, cuáles devuelven o cuánto tiempo de media pasan frente al escaparate antes de elegir.
Una suculenta herramienta para los empresarios curiosos.
En Chile, México, Estados Unidos y Australia se han interesado ya por este mecanismo, que ensaya con pruebas piloto su inserción en el mundo real.
Y es que éste –junto con el desarrollo técnico de la invención– es uno de los pilares de toda innovación: su impacto social, cómo lo nuevo logra introducirse, difundirse y ser parte de la comunidad.
Por ahora, no hay receta mágica para el éxito. Toca remangarse, experimentar y comprobar en el camino si la argentinidad se deja seducir por su propio talento.
Texto: Ana Claudia Rodríguez
revista cielos argentinos
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